La verdadera historia de la revolución belga

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Los hechos históricos son más complejos de lo que pensamos. Las revoluciones no se crean de la nada. Muchas veces hay intereses ocultos políticos y económicos que se disfrazan de romanticismo.

El nombre de Bélgica aparece ya mencionado por Julio Cesar en su conquista de las Galias. Pero su extensión era bastante mayor que la actual Bélgica. Las Diecisiete Provincias fue la denominación que durante el siglo XVI se dió a los 17 territorios que comprendía los actuales países de los Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo, el Norte de Francia y una pequeña parte de Alemania. ​ Este territorio fue llamado también en esa época Pays-Bas, Nederland, Belgia, the Netherlands. En 1549, la Pragmática Sanción estableció que los territorios de los Países Bajos formarían una entidad territorial indivisible, las Diecisiete Provincias. Carlos V creó el título de Señor de los Países Bajos (Heer der Nederlanden).

Las guerras de religión entre Católicos y Calvinistas destruyeron esta unidad, con la separación entre Holanda y los países bajos españoles. En la práctica los territorios del norte serían las Provincias Unidas: Holanda, Zelanda, Utrecht, Güeldres, Overijssel , Frisia y Groniga, además de partes de Brabante, Flandes y Limburgo. Y los territorios del sur bajo la soberanía de los Habsburgo formaron los Países Bajos españoles: Flandes, Artois, Henao, Namur, Luxemburgo, Brabante, Amberes, Malinas, Limburgo. Y no olvidemos el obispado de Liega, que fue independiente hasta las revoluciones posteriores.

Tras la guerra de sucesión española, los Austriacos reemplazaron a los Ausburgos españoles y comenzó la etapa austriaca de Bélgica. Fue al final de este periodo cuando comenzó la primera revolución Belga, llamada la Brabançone, que no es el nombre de una mujer, sino de una canción. Esta revolución, también conocida como la Contra-Revolución (Révolution brabançonne o contre-révolution en francés) ocurrió, entre los años 1787 y 1790, bajo el reinado de José II de Habsburgo y condujo, en 1790, a la creación de los Estados Belgas Unidos, que no llegaron al año de vida. 

Aquí empezó la primera conspiración. Parece ser que fueron los prusianos quienes enviaron armas, instructores y dinero para fomentar la revuelta. En aquellos tiempos Prusia era una potencia ascendente con un claro enemigo: Austria. Una revuelta en el lejano oeste les era muy útil para debilitar a su rival en el centro de Europa. Recordemos que unos años antes había arrebatado la rica región de Silesia a Austria. El principado de Lieja tuvo también su propia revolución con un estilo claramente anticlerical para expulsar al Obispo príncipe


Esta revuelta triunfó, pero la ausencia total de apoyo internacional y la retirada de los asesores prusianos permitió que los austriacos recuperaran todo el territorio. La provincia de Namur capituló el 27 de noviembre de 1790. Los austriacos también intervinieron para restablecer al príncipe obispo Hoensbroeck. Los revolucionarios de Lieja se refugiaron en Francia, al igual que los derrotados belgas huyeron como Vonck a  Lille y Walckiers y sus partidarios que formaron en Paris una legión cuyo objetivo era relanzar la revolución.

 En política, y en general en todos los procesos históricos, los enemigos de hoy serán los amigos de mañana. Esto es lo que paso entre Austria y Prusia. La revolución francesa fue el gran enemigo de la vieja Europa. Un monstruo republicano, anti religioso y anti monárquico. En otras palabras, el diablo para los reyes del continente.

La revolución francesa llegó arrasando a los países bajos recientemente recuperados por los austriacos y a la misma Lieja. Pero pronto descubrieron los belgas que sus amigos republicanos franceses no eran tan magníficos. Su principal interés no era exportar los ideales revolucionarios sino expoliar todas las riquezas posibles del país. No obstante Napoleón invirtió mucho en el país, especialmente en Amberes. Ciudad que consideraba como una pistola apuntando al corazón de Inglaterra.

Napoleón perdió su última batalla en Waterloo y el congreso de Viena confirmó un nuevo país unido: Los países  bajos que englobaban la actual Holanda, Bélgica y Luxemburgo. La gran nación del siglo XV recuperada de nuevo y con un futuro brillante. Lo tenía todo para triunfar en la nueva Europa de la restauración: Colonias de ultramar sustentadas por la gran flota holandesa, una poderosa industria textil en Flandes y una Valonia minera e siderúrgica. Eran los comienzos de la revolución industrial en Europa.

Entre 1815 y 1848 los países vencedores de Napoleón idearon un nuevo orden internacional para prevenir nuevas aventuras revolucionarias que llamaron La Restauración. El objetivo era evitar el engrandecimiento de Francia y la propagación  de ideas revolucionarias mediante la creación de creación de estados-tapón (Holanda, Westfalia, Suiza, Piamonte) y la restauración de las monarquías absolutas (España, Portugal, Nápoles…) Esta Santa Alianza se convirtió en la policía de Europa con la misión de intervenir militarmente ante cualquier intento revolucionario en Europa y América. Y el sistema funcionó al principio.  En 1820 el comandante Riego se subleva en España y fuerza al rey a restaurar la Constitución de 1812. En solo tres años las potencias envían a España a los “Cien Mil Hijos de San Luis”, que restauran al rey Fernando VII, el peor rey que nunca tuvo España. Insurrecciones en Nápoles, Sicilia y Piamonte fueron sofocadas. En Rusia la conspiración militar de diciembre de 1825 fue reprimida duramente por el Zar Nicolás I.

En 1830 hubo otra oleada de revoluciones en Francia, Bélgica, Italia, Alemania. Todas fueron destruidas excepto la Belga.

¿Por qué triunfo en este país? La única explicación es el complot extranjero (especialmente franco británico, pero con el firme apoyo prusiano). Lo explicaremos paso a paso.

En agosto de 1830, estimulados por la revuelta comunera de Paris, se inicia en Bruselas un proceso revolucionario que no logró ser sofocado por la intervención del ejército holandés (12 de septiembre). El 4 de octubre se declaró la independencia, que recibió el apoyo decisivo del Reino Unido y Prusia en una conferencia internacional convocada al efecto en Londres (20 de diciembre).

Esta es la versión oficial, pero desglosemos los intereses políticos en juego.

Francia: Después de la derrota de Napoleón renegó de la revolución y volvió a la norma monárquica. Pero las antiguas ideas de grandeza seguían vivas, especialmente el sueño de alcanzar las fronteras “naturales” de Francia: El rin. Bélgica era para casi todos los franceses parte de la misma Francia y solo esperaban el momento para recuperarla. Separarla de Holanda era el primer paso para conseguir este objetivo final.

Inglaterra: Era el país que más podía perder con una Holanda fuerte. Pensemos de una manera económica en los inicios de la Revolución Industrial. El único país que podía competir y arrebatar el  mercado comercial mundial era la Nueva Holanda. Poseían una flota importante y colonias en varios continentes. La industria textil en Flandes era muy poderosa, solo necesitaban barcos para exportar sus productos. Y por último (y lo más grave) la Valonia poseía una industria nueva y poderosa que podía competir abiertamente con Inglaterra. De hecho fue el primer país industrializado en el continente con abúndate hierro y carbón. Sus fábricas podían producir más barato que las inglesas y venderlo en los cinco continentes con la ayuda de la importante flota holandesa. El viejo lema latino  divide et vinces es lo más lógico y práctico para mantener el poder en Europa. Curiosamente el lema de Belgica es todo lo contrario: L’union fait la force. Ironías del destino.

Ahora volvamos al mito revolucionario. Una obra en la Opera de Bruselas con un tema patriótico hizo que los espectadores salieran a la calle y atacaran la casa del gobernador holandés, poco después ocuparon toda la ciudad. El aforo del teatro era menos de 1000 personas. ¿Cómo pudieron tan pocos dar tal golpe de Estado?

Casi nadie menciona los mercenarios que llegaron a Bruselas, vestidos con harapos pero con las mejores armas de la época. 200 voluntarios de Lieja al mando de Rogier llegaron a la capital y se apostaron en las entradas de la ciudad. Se lo pusieron muy difícil a las tropas holandesas cuando intentaron atacar. Y consiguieron cercarles en el parque real. Francotiradores profesionales que diezmaron a las tropas holandesas. Fueron tan efectivo que los ingleses les prologaron el contrato y desde Ostende embarcaron hacia Portugal, donde participaron en la guerra civil entre el reciente rey Miguel de Bragança y el aspirante Pedro (futuro Pedro IV de Portugal. ). El 8 de julio Pedro desembarco en la playa de la Memoria, cerca de Oporto, tomando la ciudad al día siguiente. El apoyo ingles fue decisivo para entronizar a un nuevo rey perfectamente alineado con las políticas inglesas.

Volviendo a Bélgica, el determinado apoyo inglés y francés hizo posible el nuevo Estado que adoptó un régimen liberal de monarquía parlamentaria, poniendo en el trono a un príncipe alemán muy vinculado a la casa real inglesa: Leopoldo I.

Sin este apoyo económico y militar franco-ingles, seguramente Holanda habría recuperado los territorios y hubiera formado un solo país hasta las invasiones alemanas del siglo XX. Aunque quizás la historia hubiera cambiado radicalmente. Un imperio Holandés fuerte hubiera ayudado a sus antiguos colonos Boers en Sudáfrica y quizás la primera guerra mundial hubiera sido Europa continental frente al Imperio británico.

 

Dejando especulaciones, lo cierto es que el complot franco británico fue decisivo para la creación del estado Belga con una monarquía emparentada con la inglesa. El sueño de la reina Victoria, la hemofílica abuela de las familias reales de Europa.