La loca de la colina o la casa del terror

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Conozco a Sandra Sanchez Sol desde hace 15 años por lo menos. Siempre ha sido una chicha graciosa, con mil historias que contar. Normalmente desventuras en lugar de aventuras. Nunca comprendí como tenía tan mala suerte en la vida. Lo ultimo que sabía de ella es que se había comprado un chalet adosado en las montañas de Girona, a 15 minutos del mar en coche. Me había hablado tanto de la casa que decidí visitarla un fin de semana.
El viaje en tren de Madrid a Gerona fue fácil. Justo el día anterior del viaje me llamó para decirme que no podía ir a buscarme a la estación de tren y que me tomara un autobús hasta su pueblo perdido, L’Escala. Me molestó un poco que cambiara los planes, pero yo era el invitado. La llamé con tiempo para decirla a que hora llegaba a su pueblecito y cuando por fin baje del autobús no estaba allí. Volví a llamarla y me dijo que estaba llegando. Mentira, seguro que cogió el coche tras recibir mi llamada.
A la media hora por fin nos vimos. Me llevo a visitar el pueblo. Muy bonito, pero yo  estaba muerto de hambre. Le dije que la invitaba a comer en el pueblo pero no quiso. Me conto que estaba preparando una paella en su chalet y que se había gastado 17 euros en el marisco de primera calidad y que estaba ya medio preparada. No quise insistir y subimos a su casa ya bastante tarde. Serían las 5 ya. Por el camino paramos en un supermercado y compre cervezas y otras bebidas. Quizás fueran muchas, pero su casa estaba perdida en la montaña y no había tiendas alrededor.
Al llegar a su hogar nos esperaba un gato tuerto en la puerta de la casa. Me asusto un poco pero ella no le dio importancia, me dijo que le daba de comer y por eso estaba allí. Yo ya conocía su amor por los animales,  pero el detalle me impresionó
Al llegar echó el arroz y las almejas a la paella y esperó unos minutos para ponerla en el plato. Nunca he comido una peor paella en mi vida. El arroz estaba asqueroso y nada más que pude rescatar los calamares. Ella me preguntó si no le gustaba su paella
-          Qué pasa, no te gusta la paella
-          La verdad es que está un poco pasada, pero me como los calamares y lo que pueda rescatar
-          Pues a mi me gusta, esta muy rica. Será a ti que no te gusta el pimentón. Está perfecta, con sabor.
No quise discutir, pero me quedé con bastante hambre. Después de comer nos fuimos a la playa y fue unos de los pocos momentos que disfruté de las mini vacaciones. El mar estaba muy agradable y nos quedamos varias horas allí. Ella me contó mas sus historias rocambolescas y los problemas con los vecinos. Tuvo un juicio con los vecinos de arriba, que al final se fueron. Y ahora tenía problemas con el vecino de abajo. Que hacía mucho ruido y tenía un perro que ladraba mucho. Me contó que quería envenenar al perro para liberarle de la vida de mierda que tenía. Al llegar a este punto me enfadé un poco. La dije que no podía matar a nadie, ni siquiera a un animal. Y no entendía como amaba tanto los gatos y estaba dispuesta a envenenar a un perro. Pero ella seguía con su idea y la justificaba diciendo que iba a liberar al perro de la vida de miseria que tenía con su vecino. Me sono un poco nazi. Pero como siempre prefería no discutir.
Dejamos el tema, cuando empezó a oscurecer nos fuimos al pueblo. Yo estaba muerto de hambre y la ofrecí invitarla a cenar. Pero no quería. Su obsesión era comer un helado después de la playa, porque siempre lo hacía. Me hizo recorrer el pueblo a la carrera para encontrar la heladería que le gustaba, no le valía otra. Y además se dejo el dinero en el coche y la tuve que pagar el helado. Esta vez me enfadé y le dije claramente que eramos dos y que teníamos que negociar lo que hacíamos, no lo que ella quería exclusivamente.
No me entendió, se comió su helado y luego me dijo
-          Vale ahora vamos donde tu quieras, pero yo no quiero cenar, con el helado es suficiente.
Yo apenas había comido en todo el día y pensaba ir a cenar algo rico. Además la quería invitar… Al final comí un bocadillo de lomo y volvimos a su casa de la colina.
La carretera tenía muchas curvas y era un poco peligrosa a mi manera de ver. Ella además conducía descalza y a demasiada velocidad para mi gusto. Tuve un poco de miedo, no mucho, pero un poco
Cuando llegamos yo esperaba tomarme una cerveza de las muchas que había comprado. Tremenda decepción. Sandra las había puesto en el congelador, y claro estaban congeladas. No se si lo hizo a propósito o qué. Lo cierto que tuve que escurrir la lata para poder beber algo de cerveza helada. Un desastre.
Al ir a dormir la propuse que yo me acostaba en el sofá del salón, y ella en su habitación. Pero se empeño en que durmiera en su habitación, en un colchón en el suelo a su lado. Me pareció un poco raro pero yo era el invitado y me tenía que adaptar.
La noche paso más o menos, aunque apenas pude dormir. He de recalcar que la casa apestaba a paella y lo primero que hice fue tirar la maldita comida, pero ella quiso ponerla en una bolsa de plástico para los animales.
Tras desayunar salimos de la casa. El gato tuerto esta en la puerta, como siempre. Al entrar en el coche me dí cuenta que dejaba la paella apestosa en una especie de tubo de hormigón. La pregunte si era para los gatos y me dijo que no, para otros animalitos. Luego descubrí para que tipo de bestias era…
Cuando Sandra entró en el coche se transmutó y empezó a gritar insultos para los vecinos porque hacía tanto ruido. Algo de ruido hacían por la noche pero tampoco tanto. Su enfado comenzó a crecer y se volvió un poco loca. Tanto que la pedí por favor que no me volviera a hablar de sus malditos vecinos. No se calmaba y conducía toda velocidad. Pasamos por la curva de la muerte y vi tres cruces de infortunados accidentados. Y ella a toda velocidad insultando una y otra vez a los vecinos y su perro. Era una locura, por suerte al llegar a la playa se calmó. El mar tiene un efecto benéfico para ella. Y para mí también. Se me olvidó todo el stress en el coche. Fue el ultimo buen momento del fin de semana.
Fuimos a tomar una copa a un chiringito de la playa, e incluso hubo un momento de entendimiento entre nosotros. El camarero era muy borde y arrogante y no nos sentíamos a gusto en el sitio. Yo me pedi un ron con cocacola y me trajo un ron pero con Spritz. Fue la escusa para irnos. Hablamos un buen rato sobre el camarero y lo desagradable que era. Nos unió criticar a otra persona, que cosas tiene la vida.
De regreso por la carretera de la muerte, estaba de buen humor, menos mal. Porque recordaba el viaje horrible de la mañana. También que fuera de noche y no viera las cruces de los muertos en la orilla me influyo psicológicamente.
Todo iba bien. Esta vez las cervezas estaban frías y no congeladas. Me ocupé personalmente de ello antes de salir. Pero al entrar en la casa, Sandra volvió a cambiar. Se puso a hablar sola y empezó a ordenar la casa, poniendo cosas de un sitio a otro. Yo flipaba, recuerdo que la pregunté si sabía que hablaba sola. Me respondió que su abuela también lo hacia y que eran cosas de familia.
Era la última noche, no quería discutir. Después de cenar algo ligero salimos a la terraza. Todo estaba silencioso. Los vecinos de abajo tenían que haber salido pues no había ni un ruido, solo el pobre perro, un labrador, que lloraba porque le habían dejado solo.
La noche era espectacular y la vista de su chalet a la luz de la luna era realmente bonita. Nada podía romper ese buen momento, pero sin embargo pasó.
El perro seguía llorando y se me ocurrió decirla:
-          No te da pena el pobre perrito, y tu lo querías envenenar. No te arrepientes…
Hay una cosa que no había contado de ella. Sandra esta convencida que los vecinos escuchan todo lo que dicen porque las paredes son muy finas. Algo ya exagerado. Creo que en psicología lo llaman manía persecutoria, un caso de esquizofrenia.
No pueden ni imaginarse el caos que se montó en un segundo. Vi sus ojos agrandarse como una loca y empezó a gritar
- Pero que dices, te van a escuchar los de abajo. Eso no se hace ni a tu peor enemigo.
-  Sandra no hay nadie, esta todo en silencio.
- Como me has hecho eso a mí, en mi casa. Ya sabía que me ibas a traer problemas.
 
No pude razonar con ella y la situación degeneraba a cada minuto. Si hace unas horas su enemigo eran los vecinos, ahora era yo. Me sentí muy mal, especialmente porque no entendia lo que pasaba.
En un intento de aplacar los ánimos la dije que estaba cansado y que me iba a acostar en el salón. Pero no, ella no quería. Me dijo que siempre dormía en el salón en el sofa y que yo tenía que dormir en su habitación, pero no en su cama, en el colchón en el suelo. Intente explicarla que quería fumar un cigarro antes de dormir y que era mas fácil en la terraza. No valió de nada mis argumentos. Su tono era muy agresivo y yo no quería problemas. Tenia miedo a que me denunciara y pasara una noche en la cárcel. Las leyes son así en España, si una mujer denuncia a un hombre, por protocolo va a prisión por lo menos una noche.
No discutí, cogi todas mis cosas y meti en la habitación y cerré la puerta. Yo la escuchaba hablando sola en el salón. Encendí un cigarro en la ventana y la escuche que intentaba abrir la puerta
-          Que estas haciendo Jose, me dijo
-          Estoy fumando un cigarro, como te dije. Por eso quería estar en el salón y salir a la terraza
No pasaron ni 3 minutos cuando volvió a entrar y me dijo que la iba a quemar todo. Recogio algo del suelo, unas bolsas y me grito
-          Me estas poniendo muy nerviosa, voy a llamar a la policía como sigas asi. Me tienes harta. Vienes a mi casa a crearme problemas.
No dije nada, cerré la puerta y esperé a que se durmiera. El que no puede cerrar los ojos fui yo. Tenía miedo que volviera a entrar con el cuchillo jamonero de la cocina, o que llamara a la policía y que me llevaran a la cárcel a media noche detenido. Esa loca podía hacer cualquier cosa. Creo que serían las 4 de la mañana cuando escuche unos ruidos muy raros, como gruñidos. Pense que era ella, que estaba poseída por un demonio o algo así. Luego descubrí que eran los jabalíes que venían a comer la paella que ella había dejado en un tubo cerca de la entrada del chalet.
No se como describir la noche de pánico que viví. Tuve que salir por la noche al cuarto de baño y ella estaba despierta.
-Que haces jose, que quieres
-Nada, nada tengo que ir al baño, me estoy meando. No hago nada ya vuelvo a mi habitación.
Ni orinar podía en la casa de la loca. Pensé en salir huyendo con mi mochila, pero era de noche, la casa estaba perdida en el monte y todo rodeado de jabalíes que hacían un ruido de mil diablos.
Cuando amaneció no había podido dormir nada. Espere en el colchón hasta que escuche ruidos en el cuarto de baño. Ya se había despertado. Entonces salí y la di los buenos días. Mas por cortesía que por otra cosa. Me ofrecio un café pero la dije:
-          Sabes prefiero que me lleves a la estación, ya tomare un café allí.
Dicho y hecho, salimos de su casa y el gato tuerto estaba en la puerta como de costumbre. Ya todo me daba lo mismo, solo quería llegar a la estación de autobuses e irme de la casa de la colina.
Los primeros minutos en el coche fueron en silencio. Pero al llegar a la curva de la muerte, Sandra estalló de nuevo. Creo que quería atacarme antes de que me fuera.
-          Ni a tu peor enemigo le haces lo que tu me has hecho a mí. Como te atreves de insultarme en mi propia casa.
-          Pero que he dicho, si no había nadie.
-          Si había, estaba la mujer. Puse un vaso en el suelo y la escuche. Ahora se han enterado de todo por tu culpa.
No podía razonar con ella, y seguía sacando toda la mierda que podía contra mí. Apenas puedo recordar sus reproches: Que era un alcohólico por todas las cervezas que había comprado, que fumaba demasiado. Que tenía que ir al psicólogo y hacerme tratar. Que era un impresentable y que  nunca tendría amigos. También me dijo que era un ansioso comiendo y que odiaba que comiera de su plato.
-          Pero si no comí de tu plato.
-          Si lo hiciste, hace 7 años.
Me quede asombrado. En su cabeza lo mezclaba todo.
-          Ya se porque has venido aquí. Me querías seducir. Pero yo valgo mucho más y te vas a quedar solo en la vida, nadie te aguanta. Eres un perdedor.
Preferí callarme y contar los minutos hasta que llegamos a la estación. Cogi mi mochila y me fui. Nunca más volvere a ver a la loca de la colina.